El Chevún

El Baufer que tuve


 


Hace muchos años me fui a Mendoza a comprar un Alfa Romeo Giulietta Ti de 1961. Un auto tan extraordinario que, me vine andando y disfrutándolo cada kilómetro.


Mientras hablaba con el vendedor (un mecánico que había hecho de ese Alfa una maravilla mecánica) me comenta: "Aquí a la vuelta venden un Baufer". Traté de no mostrar mis colmillos y pregunté, “¿Qué es un Baufer?” Casi me mata. “Vos sabés muy bien lo que es un Baufer…” Nos reímos un rato.


Di la vuelta y toqué timbre en la dirección que mi amigo me había dicho.


La siesta mendocina es sagrada pero un Baufer lo es más, para mí por lo menos.


Un señor me atendió muy amablemente (todos los mendocinos lo son), pero atrás de él yo miraba la silueta de un Baufer Chevun y no podía seguir disimulando mi desesperación por acercarme.


Acostumbrado a “mirar” autos de mi época de vendedor de usados, veía un perfil perfecto y completo.


De esos autos se hicieron cinco según supe mucho después contado por el mismísimo Alain Baudena, quien junto a su padre, y con diseño de Jorge Ferreyra Basso, los había construido para Cupeiro, Bordeu, Galbato, Roux y un quinto para Balbe.


Mi ansiedad superaba los límites imaginables para un ser humano, giraba alrededor del auto “radiografiando” cada detalle.


Yo soy fanático declarado de Jorge Cupeiro, pocas veces vi manejar a alguien con tanta fineza, tal vez demasiada para lo que era un piloto de TC en la época de las carreras de tierra. Lo seguía a Jorge desde su debut con un Heinkel y lo vi correr por primera vez a un Fiat 1500 celeste en 1963 con “el gallego” al volante en el circuito 6 del autódromo - carrera que ganó Vicente Formisano con Auto Union.


Allí estaba el “Chevun”.


Atado al parante delantero izquierdo, un ovejero alemán, me miraba atentamente en cada una de las 3000 vueltas que le di a ese auto.


El vendedor (no recuerdo hoy su nombre) había corrido varias veces en el zonal cuyano sin colocarle la trompa…o sea con el motor al aire. Así lo usaban en esas carreras. Por lo tanto, la trompa de plástico estaba sana, solo algunos tajitos propios del tiempo.


Esquivando al sabueso, logre revisar el interior. Estaba muy original toda la estructura y mantenía su volante a la derecha, algo bien típico de los finales del 60.


Mi amigo me explicaba la maravillosa mecánica del auto (el motor estaba despiezado) y sumaba valores a cada detalle que yo miraba del auto.


Como no se animaba a decirme un valor final, le hice una oferta concreta.


Casi me mata, “eso vale sólo el arbol de levas…” exclamaba con cierta razón, no lo voy a negar.


Seguíamos esquivando al perro y mirando que más tenía de bueno ese Baufer y pasó algo insólito pero real.


Mi oferta estaba muy lejos de su lógica pretensión de valores, también es cierto que al auto había que gastarle una fortuna, hacer y pintar toda la carrocería, motor, caja, diferencial, llantas cubiertas de la época, carburadores y… hasta el letrista para pintar las publicidades del auto de Cupeiro.


En esa amable y hasta simpática discusión estábamos cuando aparecio su esposa y puso fin a tan agradable charla.


“Rubén, llévese esa porquería…hace treinta años que no puedo lavar el patio porque está tirado allí ese auto”.


Resignado a tanta realidad, aceptó mi oferta y se quedó con el motor y… el árbol de levas. Yo me traje el resto del auto. (El perro quedó pero, tal vez se hubiera venido, no lo sé).


Lo armé tal y como era el de Jorge Cupeiro. Los Hermanos Ardissone una vez más hicieron maravillas para dejarlo impecable.


El auto en realidad era el de Rubén Roux, quien nunca lo corrió y lo vendió en Mendoza. El auto de Cupeiro, muchos no lo saben, fue modificado y cortado, y con ese auto, Vianini se accidentó en Las Flores.


La foto ilustra el momento en que presenté ese auto en La Plata, junto a los grandes de esa época y también mi amigo Ricardo Zeziola, mostraba su Pronello Ford. Qué nombres y qué pilotos me acompañaron esa vez, por Dios!


Rubén Daray