La tragedia a mas de 400 km!!

El jefe de la prueba en la Auto Union, había partido antes que Bernd por la otra vía de la autopista; Bernd debía sobrepasarlo a mitad de recorrido. Pero no pasa. Así que retrocede, llega al puente Langen-Mörfelden y encuentra el chasis desnudo del Auto Union a un trecho del puente, su fina carrocería de aluminio esparcida en fragmentos arrugados a lo largo de cientos de metros. Y el cadáver de Bernd, recostado contra un árbol, con la expresión relajada y serena, los ojos abiertos, sin sangre ni heridas aparentes. Enseguida acude el servicio de asistencia. “Yace de espaldas, entre los árboles, mirando fijamente al cielo; mirándolo como si aún viviera”, comunica el doctor Gläser a Caracciola y VonBrauchitsch, quienes, con el corazón helado, se niegan a ir a ver al compañero muerto.


Neubauer, Caracciola y von Brauchitsch; sus rivales en Mercedes, se sentaron silenciosamente por un largo rato. “Parecíamos estatuas”, diría Caracciola en sus palabras. 

El record de velocidad había terminado por ahora.


“Bernd practicamente no sabía que era el miedo”, diría después Rudolf Caracciola de su rival. “Y a veces, eso no es bueno. En realidad, todos sentíamos miedo por él en cada carrera que participó. De alguna forma, nunca pensé que la larga vida estaba entre sus cartas. Estaba condenado a conseguir su muerte tarde o temprano”.


La teoría de Alfred Neubauer fue que la débil carrocería de aluminio del bólido no pudo soportar la presión del aire de la marcha sumada a la de la ráfaga lateral (presión que estimaba en 1.100 Kg/m2) y se deformó. En las abolladuras aumentó súbitamente la presión y el aluminio no pudo soportarla y se desguazó, con lo que el auto perdió toda estabilidad.


El Auto Union de records era diferente del aerodinámico que había corrido en el AVUS el año anterior y del de los records de Octubre, puesto que disponía de unos faldones empíricos que le conferían un cierto efecto-suelo. Pero está claro que se encontraba insuficientemente probado. El intento, presionado por el éxito de la marca rival, resultaba precipitado. Por otra parte, la autovía quizá no fuera el campo de acción adecuado para pruebas a más de 400 Km/h, con su firme y rígido de hormigón, plagado de juntas y grietas, su anchura de vía de sólo 8 metros y su andén central de cesped. Aldo Zana, en un documentado estudio del siniestro, afirma que Bernd Rosemeyer era hombre muerto desde el momento en que entró en el cockpit del Auto Union aquel día.


Y quizá lo sospechara el mismo Bernd. Era necesario un valor sobrenatural para intentar en tal escenario los records que atacaban Caracciola y él mismo. La extrema concentración precisa para mantener el auto era agotadora. A esa velocidad, como correr por un alambre suspendido sobre el abismo. De hecho, el propio Bernd había tenido que ser extraído del cockpit en Octubre de 1937, semidesvanecido tras un recorrido de 10 millas con el anterior Auto Union streamlined.


Con el paso de los años y a diferencia de otros compañeros de carreras, fallecidos demasiado temprano en algún aparatoso accidente, Caracciola vivió el progreso de aquella exótica aventura en sus etapas más importantes. 

Poco antes de morir, a causa de unas complicaciones hepáticas, el piloto alemán tuvo tiempo de reelaborar sus intensas memorias desde una mirada, digamos, madura. O asentada. Una mirada que, ante todo, le llevaba a preguntarse por los motivos que le habían llevado hacia el mundo del coche, de la velocidad y la fatalidad. Un mundo que entremezclaba la gloria de la victoria con el horror de los accidentes mortales. Las jóvenes vidas como la de Rosemeyer que se apagaban entre el fuego y los choques fatídicos. La catarata de nombres que, de un evento a otro, desaparecían dejando una sombra, un recuerdo fugaz, tras la colisión. 

Caracciola se justificaba por sentir una determinación total por conquistar ese sueño sobre ruedas. Por domar, cueste lo que cueste, a una bestia.


Texto y foto Leo Marino