Ford T, el invento

Hace apenas un siglo, nadie podría predecir que el automóvil fuera a ser el invento tan influyente que es en la actualidad. Muchos vaticinaron un batacazo a todos aquellos que se proponían iniciar su propia aventura en la fabricación de lo que en un principio no dejaba de ser cuadriciclos, sin parabrisas, ni calefacción, con arranque por manivela y más bien pocas comodidades. Sin embargo, era necesario dar ese primer paso para que, evolución mediante, hayamos llegado a la actual situación, con vehículos que en un futuro no muy lejano serán incluso capaces de reconocer nuestro estado anímico para configurar la ruta, música e iluminación ambiental más adecuadas.


Uno de los responsables de este pequeño gran paso inicial fue el propio Henry Ford. La visión comercial del fundador de la firma del ovalo tuvo recompensa cuando el Ford T se convirtió en uno de los productos más revolucionarios de la primera mitad del Siglo XX. Era un vehículo ligero, maniobrable y muy robusto, especialmente construido para soportar las que por aquella época seguían siendo unas primitivas y adoquinadas carreteras. Las llantas de madera y los neumáticos, a pesar de parecer frágiles, eran capaces de dotar de capacidades off-road a un vehículo que se movía bien por terrenos arenosos, pedregales e incluso sobre la nieve.


Apodado como “el coche que conquistó el mundo”, aun nos seguimos encontrando en circulación unidades de este modelo que con los años se han convertido en auténticas joyas históricas. Del Model T se llegaron a construir entre 1908 y 1927 más de 15.000.000 de unidades, convirtiéndose en un éxito internacional que traspasó fronteras (la producción en Europa comenzó en 1911) gracias en gran parte a su sencillo diseño y al hecho de ser uno de los productos más asequibles. Sin embargo, hay muchas más razones por la que la apodada como “Tin Lizzie” se convirtió en el coche más importante de la historia.




La introducción de un salario mínimo de 5 dólares y jornadas laborales de 8 horas hicieron que el Model T también fuese muy importante en los derechos de los trabajadores.

Es considerado en la industria del automóvil como el primer modelo que se construyó a través del por aquel entonces recién estrenado método de fabricación en cadena, una idea que Henry Ford tomó de los mataderos de Chicago, modificándola y desarrollándola para la producción de vehículos. Este hecho, sumándolo a la experiencia y al perfeccionamiento del proceso de ensamblado permitió que se redujera el precio de cada unidad del Ford T desde los 825 dólares de la época por los que empezó a comercializarse, hasta los 260 dólares que costaban las últimas versiones en 1925.


Tal fue la repercusión de este tipo de producción que, a finales de 1913, Ford Motor Company abarcaba más de la mitad de la producción de automóviles en Estados Unidos. Un Modelo T salía de las líneas de montaje cada 10 segundos y con decisiones como la de pintarlos (a partir de 1914) únicamente de negro porque era la pintura que más rápido se secaba, se lograba que el tiempo en el que el producto terminado se encontraba sin vender fuera muy reducido, algo que permitía a la marca ajustar aún más sus precios. Este impacto, sumado al establecimiento de una gran red de concesionarios, ayudó a la rápida promoción de este vehículo.




Eso sí, la forma de conducir afortunadamente también evolución con los años. La mayoría de los primeros modelos de Ford T contaban con un rudimentario sistema que obligaba a realizar toda una liturgia (incluido dar a la manivela) antes ni tan siquiera de subir la palanca de encendido. A partir de ese momento, en el pedal de la derecha estaba el freno y en el de la izquierda del todo, una especie de cambio de marchas en el que pisando se engranaba la primera relación y soltándolo, la segunda (transmisión epicíclica de dos velocidades).


En el pedal del medio estaba la marcha atrás, mientras que el acelerador se encontraba en forma de palanca al lado de ese gigantesco aro de madera llamado volante. Precisamente esas dos palancas en los laterales del volante (la de arranque y el acelerador) se asemejaban a la forma de un bigote, razón por la cual también se le apodaba cariñosamente de esa forma en algunos países. En cuanto a la mecánica, la primera generación del Model T en 1911 equipaba un motor de 4 cilindros y 2,9 litros que entregaba 20,2 CV para mover los apenas 540 kilogramos que pesaba el conjunto, algo que le permitía alcanzar una velocidad máxima de 64-72 km/h.




En la actualidad se ha convertido en un hecho habitual que cada marca tenga un vehículo para cubrir prácticamente cada necesidad de los conductores. Desde los vehículos compactos, hasta los todoterrenos, familiares e incluso los modelos comerciales para profesionales. En aquel momento Ford aprovechó los distintos módulos de los que se conformaba el Modelo T para poder cambiarlos de forma muy sencilla a la hora de producirlos, dando lugar vehículos para particulares, tareas agrícolas, de reparto o de atención médica, sólo realizando pequeñas variaciones. Incluso podía circular sobre las vías del tren ya que el ancho de sus ejes coincidía con las medidas de los raíles sobre los que circulaban las locomotoras de la época, algo que le ayudó a transitar por algunas zonas intransitables o en las que directamente las carreteras no existían.


También marcaría tendencia el hecho de situar el volante a la izquierda del puesto de conducción, siendo una de las muchas razones que llevó a un grupo de periodistas del motor a otorgarle en 1999 el honor de ser considerado el Coche del Siglo XX por delante de otros mitos de cuatro ruedas como el Volkswagen Escarabajo, el Mini Cooper o el Porsche 911.


Info Diariomotor